
Eran las 3'30 p.m. como dicen los anglófilos. O las 15 h. 30' como dice mi ordenador. O las tres y media de la tarde como digo yo. Bueno. La verdad es que era, segundo más, segundo menos, la hora escrita cuando desde la ventana del autobús que me transportaba a las cercanías de mi casa, observo una curiosa escena mientras, parados, esperábamos el guiño verde del semáforo. El escenario era el césped, más o menos verde, más o menos cuidado y, eso si, más que menos seco, de una céntrica plaza barcelonesa. En ese lugar, justo delante de ese prado urbano acotado por el asfalto circular de la acera, va a parar la boca de un metro por donde transitan ingentes cantidades de personas de tal manera que, quién sale se da casi de bruces con la pequeña majada. Al lado de esa entrada de metro, de espaldas al césped, se sitúan dos terrazas que, en la época canicular en la que nos hemos metido, están abarrotadas de gente que busca consolar la sed y el cansancio que produce el calor.
Estirados en ese césped, a la sombra de una de las palmeras ciudadanas, se hallaban un joven y una joven que no sobrepasaban la veintena en la posición del misionero inverso. Es decir en posición amatoria ella encima de él. Para los que se escandalicen por las penurias que podrían estar pasando los amantes a esas horas del día a más de treinta grados a la sombra, os informaré que estaban completamente vestidos, lo que no les impedía darse un buen repaso corporal a nivel interno y externo, mientras sus bocas se tanteaban ávidamente. Como soy un mirón convicto y confeso no me perdía detalle de la representación pasional de la pareja esperando y deseando, una rápida conclusión de la fogosidad de los jóvenes. En esas que, una señora de mediana edad que paseaba por allí con una niña de unos diez años, debió escandalizarse con el espectáculo que se había organizado y, ostensiblemente, tapó los ojos de la niña girándole la cara, y girando la suya propia con ademán airado, en el sentido contrario dónde se encontraban los mancebos retozando totalmente ajenos a lo que les rodeaba.

Mientras el autobús iniciaba de nuevo su marcha, trataba de imaginar otra escena familiar que, con seguridad, se había producido o se produciría en el hogar de la escandalizada mujer que tapaba los ojos de la pequeña ante la lujuría desenfrenada. Los pensaba a ella, sentada en la mesa con su pareja y con esa niña. Tal vez tuviesen otro hijo o hija menor o algo mayor que estuviese alrededor de esa mesa. Estaban desayunando, tal vez comiendo o, posiblemente, cenando. Lo cierto es que tanto da. El elemento común es que departían frente a una televisión encendida y escuchaban las noticias que daban a esas horas. Los adultos es uno de los programas que miramos con mayor interés. Es lo normal, como también es normal que esos padres, que cualquiera de nosotros contemplemos la guerra, la muerte y la intolerancia en compañía de nuestros hijos, de nuestros sin que cubrirles los ojos. Sin que ello nos perturbe lo más mínimo.