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ENTRE LINEAS

Violencia

Divorcio imposible

Divorcio imposible

Dejaste de interesarme, por eso pedí divorciarme de ti. Contigo, a diferencia de lo que me sucedió en otras ocasiones similares, quise hacer las cosas bien, “como mandan los cánones”, te dije. Por eso te anuncié nuestra ruptura. Primero de palabra luego, cuando me di cuenta que no acababas de creerte la firmeza de mi decisión, te envié un escrito creyendo que con ello dejaba constancia de que en nuestra relación no había marcha atrás. Hace más de tres años que tomé la determinación de sacarte de mi vida y tú, en todo este tiempo, no has dejado de enviarme cartas y más cartas en las que intentabas te compensase nuestra extinta unión. Al principio tus mensajes eran suaves, una suavidad forzada, llena de engaño, tentativa desesperada para que volviese junto a ti. Esas primeras cartas tuyas tuvieron mi respuesta intentando sacarte del error hasta que me cansé de repetirte una y otra vez lo mismo. Dejé de escribirte y fue entonces cuando el tono de tus mensajes se hizo más y más desagradable. Anunciabas mi ruina. En tus últimas cincuenta cartas –de más de doscientas- me amenazabas. Incluso me enviabas sicarios que decían actuar en tu nombre. Estoy cansado, harto, de toda esta situación. Déjame en paz de una vez, Wanadoo, Uni2, Orange o como te llames ahora. Nunca volveré contigo.

L’estaca (La estaca)

L’estaca (La estaca)

En 1968 el cantautor catalán Lluis Llach compuso la canción “L’estaca” . En aquella época, en Catalunya, en España, la dictadura del General Franco causaba estragos en las libertades de los ciudadanos y, en especial, en la libertad de expresión. Por esa razón “L’estaca” fue una canción prohibida por la dictadura ya que, “L’estaca”, simbolizaba al régimen de Franco zarandeado por todos lados gracias a la unidad de las personas que queríamos Libertad.

 

 

Estos días en que nos encontramos en período de convocatoria de manifestaciones diversas por, supuestamente, el atentado que los terroristas de ETA perpretaron el día 30 de diciembre en Madrid, he recordado esa canción pero por motivos muy distintos. “L’estaca” es, hoy, nuestra Democracia. Imperfecta, eso si, pero es la que libremente nos hemos dado. Los terroristas de ETA y sus acólitos son los que estiran de esa estaca para romperla en mil pedazos y clavarnos sus espinas en nuestros corazones. Parece que lo van consiguiendo gracias a personajillos que sólo se preocupan de sus réditos electorales. Zapatero, Rajoy, Ibarretxe, Carod-Rovira, Imaz, Zaplana, Pepiño Blanco y las infinitas asociaciones de víctimas del terrorismo, entre otros.

“No era això, companys, no era això”…

Lectores andantes

Lectores andantes

Un nuevo peligro acecha en las aceras de las ciudades. A las bicicletas , motocicletas, coches y vehículos que circulan por ellas, se suman los lectores andantes, es decir, la gente que practica dos actividades peligrosas para el tráfico transeúnte al mismo tiempo. Leer y caminar. Ese espécimen urbano siempre me ha sacado de mis casillas y, muchas veces, de mi itinerario al intentar esquivarlos ya que ell@s enfrascad@s en su lectora, ignoran el mundo que les rodea con gran peligro no solo para sus cuerpos, sino para los cuerpos de los demás. Por eso, siempre que me encuentro de frente con algun@ de ell@s me entran ganas de hacer como que yo también voy despistado y tener un encontronazo, colocando conveniente y previamente al topetazo, claro está, el codo de manera que el porrazo se lo llevase él o ella y yo saliese indemne del lance. El otro día hice un intento pero, en el último momento cuando iba a darme de bruces con el sujeto, me arrepentí y me salió una especie de amago, un dribling como acostumbra a hacer Ronaldinho en un palmo de terreno. El brusco movimiento de un personaje tan serio y trajeado al que no le pegaba hacer aquella gilipollez en pleno Paseo de Gracia barcelonés, asustó al ávido lector que lanzó el libro hacia el espacio sideral que impactó en su caída en el diario de otra lectora lectora andante que se cruzaba en el camino en aquél mismo momento. La escena fue de auténtico vodevil callejero así que, como el lance no tuvo mayor trascendencia, acabamos los tres desternillándonos de risa y haciéndonos promesas de que “un día de estos quedaríamos para tomar un café, porque ahora tengo que ir a trabajar”.

 

 

Después de ese episodio he decidido dejar de encarar a l@s lector@s andantes y situarme a sus espaldas. Me he dado cuenta que desde esa perspectiva puede resultar, en algunas ocasiones, bastante más agradable.

Ese movimiento que me gusta tanto

Ese movimiento que me gusta tanto

Anoche fui a un concierto que Alan Parsons Project daba en una sala de Barcelona. Lógicamente el aforo del local estaba hasta los topes de un público que ya pasaba de la treintena. Como sucede en todo recital que se precie, tuve que escucharlos a pie derecho (e izquierdo, claro) lo que me reafirmaba en mi postura del porqué nunca he sido un seguidor entusiasta de los conciertos en directo. Las incomodidades que suponen ese tipo de audiciones en las que te expones que algún exaltado o exaltada, en pleno éxtasis auditivo, acompañe ese arrebato con los movimientos primarios e incontrolados que se dan en los conciertos con cierto volumen de decibelios. Uno de ellos es que el sujeto o sujeta en cuestión, se ponga a dar saltos y acierte con su planta del pie en el empeine de alguno de los tuyos que, casualmente, siempre es aquél que se adorna con algún incómodo juanete en el meñique. Otro movimiento es cuando ese mismo incontrolado o incontrolada en pleno paroxismo, empieza a dar golpes con el puño cerrado al aire. Nunca he entendido si esa actitud se debe a una agresividad reprimida hacia el mundo, a que no le gusta el concierto y quiere pagarlo con el actuante o a qué. Lo cierto es que no es aconsejable cruzarse en el camino del individuo o individua en el momento que asesta el golpe al aire no vaya a ser que la receptora del mismo sea tu cara o, en su defecto, cualquier otra parte del cuerpo igual de dolorosa o más que la anterior. En realidad el peligro al que se está expuesto en esas concentraciones, es muy parecido al que se tenía cuando asistías a un recital (en mi época veinteañera los conciertos se denominaban así) de Quilapayún en el Palau Sant Jordi (entonces Palacio de San Jorge) en el año 1976. La diferencia está en que en éste los golpes te los propinaba la “gristapo” a la salida del evento y, en la actualidad, te los arrea cualquier elemento o elementa con que estás compartiendo decibelios.

 

Pero no todos los movimientos van a ser desagradables en ese tipo de aglomeraciones. A mi hay uno que me gusta muchísimo y es cuando los concertados y concertadas se ponen a bailar. Bueno, especifico, me gusta el movimiento de las concertadas. Así que procuro “amontonarme”, o sea, arrimarme, a una fémina que esté de buen ver y que se agite lo suficiente y con la proximidad adecuada, como para hacerme olvidar que estoy rodeado de desalmados que a la mínima, pueden quebrantar mi integridad física. Y es que a mi, la excitación, el entusiasmo, no me lo producen los músicos, sino los efectos que, su música, provoca en las caderas de la señora que, justo, ayer noche, estaba delante de mí ¡¡ Madre mía qué manera de menearse!! ¡¡Qué garbo cada vez que sus nalgas bajaban acompasadamente al son deEye in the Sky” dejando su culito en pompa, a la par que subía al cielo (seguro que el que yo me encontraba) sus manos en un estiramiento felino y sensual ¡!. Yo ya estaba algo más que extasiado, transportado a un Paraíso particular lleno de sacerdotisas que adoptaban lujuriosas formas solo para mis ojos. Hasta me pareció percibir el olor a incienso que debe tener el Edén…

 

¡!¿Incienso?¡! ¡!Como encuentre al mamón o mamona que me agujereó con su cigarrillo mi americana de Zegna se va a enterar de cómo son mis movimientos primarios!!

El nombre de la muerte (2ª parte)

El nombre de la muerte (2ª parte)

 

Respeto la muerte, me causa profundo dolor el sufrimiento de las personas cuándo pierden a un ser querido. A mi respeto, a mi dolor, se suma la indignación cuándo una de esas víctimas lo ha sido por un atentado terrorista. Estos días en que se viene hablando en este País de diálogo con los hijos de la bestia para tratar de alcanzar la paz, tengo el corazón dividido. Por un lado deseo que acabe el horror, que termine la violencia aunque ello suponga concesiones a los que no las tuvieron con la vida de sus semejantes. Pero cuando recuerdo a las víctimas, niego toda posibilidad, toda concesión a los asesinos. “Que se pudran en la cárcel”, me digo. Me gustaría pensar que en esa disyuntiva se encuentran muchas personas en este momento, piensan en el fin de la violencia, piensan en las víctimas, olvidándose de la arrogancia de la victoria… ¿Victoria sobre qué o sobre quién? ¿Acaso creemos qué la muerte puede vencerse?

 

Manifestaciones

Bajo la ventana de mi despacho veo circular a los trabajadores de Seat protestando porque se anuncia una regulación de empleo que supondrá unos cientos de despidos. Ayer se manifestaron cientos de estudiantes que querían suprimir de sus estudios la asignatura de religión y cambiarla por otra en la que se enseñase ética. Hace pocos días sorprendí la conversación de dos jóvenes a punto de entrar en la Universidad:


- ¿Y en qué facultad quieres entrar?
- En la de Derecho… ¿Y tú?
- En ninguna porque, para acabar limpiándole la mierda a la gente, no hace falta ninguna clase de estudios.


Y eso lo hablaban mientras liaban un “porro” y apuraban una litrona de “Xibeca”.


Mientras tanto en Francia, las ciudades parecen sumidas en el caos y la violencia porque se ha desatado la rabia de grupos de personas que no ven salida a su situación, hartos de la palabrería y las promesas de su Administración. Las autoridades no llegan a entender porqué en la próspera Francia, llena de “grandeur”, pueden ocurrir esas cosas.


Hoy me he puesto a temblar cuando, alguien de nuestra Administración, ha asegurado que la situación en España no es comparable a la de Francia ¿Tal vez quería decir que aquí solo quemarán camiones y autobuses con la gente dentro?

El valor de una vida

Un bailarín gitano haciendo honor a su nombre - Farruquito- atropella a un tipo en paso de cebra, lo mata, no tiene carnet de conducir, en fin, todo eso que le podría pasar a cualquiera en un mal día golfo. Pero lo que le convierte en un hijo de puta es que no sólo no lo auxilia, sino que se esconde hasta que dan con él, y entonces se inventa un culpable en la figura de su hermano menor de edad y echa la responsabilidad sobre terceros que le aconsejaron mal. Y a este lumpen impresentable, que en este caso me es indiferente que baile con los pies o con el culo, vamos nosotros y le pedimos permiso para preguntarle por el crimen, por si se enfada el muchacho, que es farruco, o su agente, que nos ha vendido la moto para que sirva en su defensa, y que entendamos su desgracia. ¡Pero qué desgracia, cabrón! La única desgracia es que ganaste lo suficiente para comprarte un BMW, que no quisiste ni gastar en una academia que te enseñara a conducir y mataste a un inocente, hasta ahí lo indigno. Pero lo que ya no tiene perdón es además no socorrerle


A Gregorio Morán, periodista y autor de estas palabras (que suscribo íntegramente)le exigieron una fianza de 6.000 €uros por esas palabras 'deshonrosas para la intachable conducta (sic) del 'presunto'(eso es mío) artista.


Y la vida de ese hombre que mató con villanía el Farruco vale, según la administradora de justicia de lo penal número 8 de Sevilla , la "friolera" de 102.483 €uros que percibirá la viuda, más otros 8.275 euros para los padres de la víctima. La "travesura" del machacador de parquets no le supondrá pasar por la cárcel dónde, por cierto, residirá los próximos dos años un admirador suyo que se bajó música de internet. Dicen que el violador del arte flamenco estaba indignado con la sentencia y es que, al pobre desgraciado, le retiran el permiso de conducir durante cuatro años.


Y es que hay días que no debería ver las noticias si es que no quiero vomitar.

Monumento al horror

Monumento al horror Ayer, 16 de julio, además de ser la Virgen del Carmen y onomástica de todas aquellas que llevan el nombre y quieran celebrarlo, se cumplieron sesenta años de la explosión de ‘Gadget’ de 18’6 kilotones de potencia, en el desierto de la ‘Jornada del Muerto’ cerca de Alamogordo (Nuevo México – EE.UU.). En vez de carne y huesos, ‘Gadget’ estaba compuesto de plutonio 239 y era parte de un ensayo tecnológico-militar para ganarle la carrera armamentística a la Alemania nazi y saber los efectos de una bomba atómica que, pocas semanas más tarde, se utilizaría en las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki con el “éxitus” (palabreja que significa en el argot médico, fallecimiento) por todos y todas conocido.


Para observar el evento, los primeros espectadores se situaron a una distancia de nueve quilómetros de la detonación. La onda expansiva se notó a ciento sesenta quilómetros y su deflagración iluminó el cielo de colores púrpura, verde y blanco. ‘Gadget’ dejó un cráter de tres metros de profundidad y trescientos treinta de diámetro y aún hoy día se detecta una cierta radiación residual. Esa zona fue declarada en 1975 monumento histórico nacional por los americanos y hasta se organizan visitas turísticas en los meses de abril y octubre. Un obelisco de piedra negruzca se alza en el hipocentro, allí donde se produjo la explosión, explosión que al ser contemplada por uno de los participantes en el experimento, dijo: “Ahora todos somos unos hijos de puta”. Así sea (amén, en latín). Así es (en castellano).

Calores...

Calores... Eran las 3'30 p.m. como dicen los anglófilos. O las 15 h. 30' como dice mi ordenador. O las tres y media de la tarde como digo yo. Bueno. La verdad es que era, segundo más, segundo menos, la hora escrita cuando desde la ventana del autobús que me transportaba a las cercanías de mi casa, observo una curiosa escena mientras, parados, esperábamos el guiño verde del semáforo. El escenario era el césped, más o menos verde, más o menos cuidado y, eso si, más que menos seco, de una céntrica plaza barcelonesa. En ese lugar, justo delante de ese prado urbano acotado por el asfalto circular de la acera, va a parar la boca de un metro por donde transitan ingentes cantidades de personas de tal manera que, quién sale se da casi de bruces con la pequeña majada. Al lado de esa entrada de metro, de espaldas al césped, se sitúan dos terrazas que, en la época canicular en la que nos hemos metido, están abarrotadas de gente que busca consolar la sed y el cansancio que produce el calor.


Estirados en ese césped, a la sombra de una de las palmeras ciudadanas, se hallaban un joven y una joven que no sobrepasaban la veintena en la posición del misionero inverso. Es decir en posición amatoria ella encima de él. Para los que se escandalicen por las penurias que podrían estar pasando los amantes a esas horas del día a más de treinta grados a la sombra, os informaré que estaban completamente vestidos, lo que no les impedía darse un buen repaso corporal a nivel interno y externo, mientras sus bocas se tanteaban ávidamente. Como soy un mirón convicto y confeso no me perdía detalle de la representación pasional de la pareja esperando y deseando, una rápida conclusión de la fogosidad de los jóvenes. En esas que, una señora de mediana edad que paseaba por allí con una niña de unos diez años, debió escandalizarse con el espectáculo que se había organizado y, ostensiblemente, tapó los ojos de la niña girándole la cara, y girando la suya propia con ademán airado, en el sentido contrario dónde se encontraban los mancebos retozando totalmente ajenos a lo que les rodeaba.





Mientras el autobús iniciaba de nuevo su marcha, trataba de imaginar otra escena familiar que, con seguridad, se había producido o se produciría en el hogar de la escandalizada mujer que tapaba los ojos de la pequeña ante la lujuría desenfrenada. Los pensaba a ella, sentada en la mesa con su pareja y con esa niña. Tal vez tuviesen otro hijo o hija menor o algo mayor que estuviese alrededor de esa mesa. Estaban desayunando, tal vez comiendo o, posiblemente, cenando. Lo cierto es que tanto da. El elemento común es que departían frente a una televisión encendida y escuchaban las noticias que daban a esas horas. Los adultos es uno de los programas que miramos con mayor interés. Es lo normal, como también es normal que esos padres, que cualquiera de nosotros contemplemos la guerra, la muerte y la intolerancia en compañía de nuestros hijos, de nuestros sin que cubrirles los ojos. Sin que ello nos perturbe lo más mínimo.

El macho cabrío y el mono

El macho cabrío y el mono Todo el mundo sabe que, vulgarmente, un macho cabrío es un cabrón. También es conocido que se designa así a aquél varón "casado con mujer adúltera", es decir, como se dice vulgarmente "que le pone los cuernos". Así que esa expresión la utilizamos como insulto a alguien que nos ha hecho una rufianada. El mono es un animalito que nos mueve a la simpatía, a la ternura. Incluso empleamos el término "mono" para definir algo bonito, lindo y atractivo. Es, en definitiva, un término amable.


Sin embargo la valoración de esas palabras no es la misma. Si, si. No es lo mismo llamarle cabrón a alguien, que llamarle mono. No. Llamarle mono a alguien puede ser considerado xenófobo y pagarse con la cárcel. No digamos si la palabra va acompañada de los sonidos onomatopéyicos del primate. Entonces ya la pena, es mayor. En cambio, el término cabrón es de libre y permitido uso. Se puede llamar cabrón a quién quieras sin temor a ser censurado por ello. Al contrario, hasta puedes conseguir el beneplácito de buena parte de la sociedad. Así, de ahora en adelante, oíremos a las madres de los pequeñuelos emplear términos como éste cuando se refieran a sus chiquitines: "¡Pero que cabrón es mi niño!" en lugar del denostado: "¡Pero que mono es mi niño!". No digamos a los extraños a la familia y a las profesores que dirán sonrientes a las madres: "Tiene Ud. un hijo muy cabrón" en lugar de decirle "Tiene Ud. un hijo muy mono". Así que, no será de extrañar que, de ahora en adelante, en los parques infantiles, el término "cabrón" sea de uso corriente y bien visto.


Y voy a terminar por hoy haciendo una recomendación a la hinchada del Real Madrid (a la sazón, club de futbol). Cuando Eto'o os coloque algún gol en el Bernabeu, no le llaméis "mono", llamarle líbremente cabrón. Es gratis.